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Dijimos que sí PDF Imprimir E-Mail

Como imagino la mayoría de vosotros sabéis, este año, animados por el Papa, la Iglesia está celebrando un "año sacerdotal". Un tiempo de gracia dedicado a profundizar en la figura del sacerdote, desde el ejemplo del cura de Ars, de estudiar el sacerdocio teológicamente y sobretodo de orar por los sacerdotes y por su santidad. Algo especialmente necesario y que os pido que hagáis cada día. San Agustín nos recuerda que si los pastores son santos, el pueblo de Dios lo será sin duda, no dejéis cada día de rezar por la santificación del clero.

Con este motivo del año sacerdotal, hace no mucho tiempo me pidieron que escribiese para un libro, que D.m. se publicará en breve y que se titulará como este artículo, el testimonio de mi vocación y lo hice con mucho gusto recordando aquellos momentos del amor primero, del miedo después y del gozo de ir profundizando y creciendo en la llamada que había recibido de Dios, consciente cada día más de la limitación de mi persona y a la vez de la gracia de Dios que actúa en mí y en todos los sacerdotes para llevar a cabo la tarea encomendada. Junto a mi testimonio, que no da para un libro es evidente que está el de otros muchos sacerdotes, espero que pronto podamos tenerlo en nuestras manos. Ciertamente seguro que muchos conocéis a numerosos sacerdotes, pero ¿conocéis el momento en que cada uno dijo sí al Señor? La idea de la persona que ha recopilado los testimonios vocacionales de muchos sacerdotes es muy buena y seguro que el Señor la bendice. Ciertamente dijimos que sí, y ese momento marcó nuestra vida. Sobre la mesa de mi despacho se encuentra la foto del día de mi ordenación sacerdotal, que me recuerda cada vez que levanto la vista lo que soy, por si en algún momento se me olvida, pero también me recuerda que mi sí no es más que la respuesta a aquel que comenzó en mi la obra buena, Cristo, y que como a los apóstoles llama cada día a jóvenes que se pongan a su servicio para una gran misión, la de echar las redes. ¡No tengáis miedo!

Las tres lecturas de este domingo hacen referencia a la vocación, que no es necesariamente la vida consagrada o el sacerdocio, sino la vida cristiana, pero siempre que hablamos de llamada algunos barremos para casa, si me permitís la broma. Dios pregunta a Isaías ¿Quién irá por mí? El profeta responde: "Aquí estoy, mándame" (Is 6, 1-8). Qué importante es que respondamos lo mismo, y cuán necesario es que cada día empujéis un poco más a los sacerdotes a que renovemos esa respuesta. Dijimos que sí, pero debemos decirlo cada día. En ese sí, se juegan muchas cosas. Ante la llamada de Dios "para lo que sea" siempre surge miedo. Sólo reconociendo la omnipotencia de Dios, podemos comprender su llamada, aunque supere nuestras fuerzas, y disponernos a seguirla. La desproporción que se da entre lo que Dios pide y nuestra capacidad queda superada por el poder que él ejerce a nuestro favor. En el ministerio se recibe ayuda de Dios, si no... Así nos lo recuerda el apóstol "No he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo" (1Cor. 15,1-11) Si no fuese así, que importante que los sacerdotes reconozcamos cada día que es Dios el que hace las cosas, no nosotros. Cuando un sacerdote bautiza es Cristo quien bautiza, y de la misma manera no creamos que cuando alguien nos escucha o ha venido a la iglesia lo ha hecho por nosotros, sino para escuchar hablar al Señor, aunque sea por nuestro pobre medio.

Qué importante es que el sacerdote, como dice S. Pablo este V Domingo de Ordinario se mantenga fiel a la tradición que ha recibido para poder permanecer en la misión. Cuántas veces se tergiversa el Evangelio, la Liturgia, la Palabra de Dios, para supuestamente adaptarla a las circunstancias. Y esto lo hacen sacerdotes y laicos. Sin embargo no podemos ignorar la enseñanza de la Iglesia y que modificarl acaba siendo perjudicial para los hombres. No ignoremos el poder del Evangelio. El Señor nos ayuda siempre a respetar la doctrina heredada y la confieza en la promesa, por más que nos desanimen algunas circunstancias. Conservar el Evangelio recibido, meditarlo, vivirlo, nos lleva a una relación más íntima con Jesucristo y reconocerlo en la vida diaria. Aquella pesca del Evangelio fue maravillosa (Lc 5, 1-11) como tantas obras realizadas por los hombres y las mujeres de Dios, en ellos, en los que lo sirven generosamente, se muestra su poder y su gracia. Recemos siempre para que Él, que comenzó en ellos, en nosotros, la obra buena, Él mismo la lleve a término.

 
Tú a qué aspiras PDF Imprimir E-Mail

Hay que ver lo brutos que son los nazarenos, "paisanos" de Jesús, no los que salen de procesión en Semana Santa. Porque les ha dicho algo que no les convence, o mejor, que no querían oir, pasan de la admiración a intentar despeñar al Señor (Lc 4, 21-30). Lo hacen porque no son capaces de ver en quien tienen delante al Señor y no al simple hijo del carpintero del pueblo. Ciertamente a nosotros a veces nos sucede lo mismo, nos cerramos en banda y no somos capaces de ceder en tantas y tantas ocasiones.

La verdad es que esto sucede cuando nos falta el amor, como nos recuerda S. Pablo (1 cor 12, 31 ss). Es la típica lectura de las bodas, pero nos recuerda hoy, que no estamos en esa celebración, de que si no ponemos en primer lugar la donación de uno mismo, que es el amor, lo demás no sirve. San Agustín dirá de unos herejes, los donatistas, que no son de Jesucristo porque no aman.

Tantas y tantas veces a nosotros nos sucede algo similar. No caemos en herejías, gracias a Dios, pero nos falta el amor y eso nos lleva a no ser fieles, y la fidelidad es el nombre del amor en el tiempo. Debemos luchar por mantener nuestra fidelidad y aspirar a lo mejor. Cuántas veces nos han dicho ¿tú a qué aspiras? Pues la aspiración mayor de un cristiano debe ser la santidad. Y eso no significa ser buenísimo, sino ser fieles. Fieles a Dios en lo concreto de cada día. Y eso es lo que les falta a los nazarenos, empeñados en sus cosas, en sus ideas rechazan el amor que Jesús les da cuando lo oyen predicar en la sinagoga. La historia de la Iglesia está llena de obras admirables, de acontecimientos y de personas que han vivido la fidelidad al Señor y sobre todo, que nos llevan a descubrir el verdadero amor, el de Jesús.

De la misma manera nosotros debemos ayudar a que otras personas descubran el amor de Dios, pero para ello debemos haberlo descubierto nosotros. Nadie da lo que no tiene, y lo mejor que tenemos es la fe, por eso hay que darla. En las diferentes circunstancias en las que a cada uno de nosotros le toca vivir debemos buscar a Dios y pedir ayuda para encontrarlo si no lo hemos hecho abrumados por las preocupaciones. En la medida en la que sepamos permanecer fieles a Dios saldremos victoriosos. Esto lo simboliza el Evangelio cuando Jesús se abre paso entre la multitud que quiere despeñarlo. El amor vence al mundo y ninguna circunstancia puede impedirlo. Sólo nuestro corazón puede cerrarle el paso, no dejemos que eso suceda, que nos falte el amor. A eso es a lo que debemos aspirar.