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Junto al lago PDF Imprimir E-Mail

Allí es donde me gustaría estar a mi sentado, junto al lago, de Galilea o de cualquier otro sitio en el que no haga calor, porque habréis empezado a notar como ahora es más difícil no sólo dormir, sino también rezar, venir a la parroquia, etc... tiene uno como más pereza para todo. Yo lo noto aquí en la parroquia porque, aunque estamos fresquitos gracias a la tecnología, la mayor parte de vosotros llegáis con el tiempo justo, lo cual es lógico porque como en la piscina no se está en ningún sitio estos días. Solo espero que nadie acabe, de tanta vuelta y vuelta intentando coger moreno, como la semilla del Evangelio de este domingo (Mt 13, 1-23) que cuando comienza a  dar fruto, a crecer la planta, se seca de tanto calor porque no ha caído en un buen sitio y no tenía donde echar la raiz.

Ha terminado el curso, en él sin duda alguna, cada uno en sus obligaciones, hemos intentado ir creciendo en nuestra propia vida espiritual, al menos de eso se trata y eso espero. También estos pequeños -o largos- comentarios tienen esa intención. Lo malo es que con el calor veraniego, las terracitas, las noches largas y el no tener nada que hacer, todo el trabajo realizado se nos venga abajo. Es un peligro que tenemos y al que debemos estar atentos.

Es momento de hacer una reflexión de cómo ha ido el curso. Pero no escolar o laboral que también, sino espiritual. ¿Qué has hecho para que la semilla de Cristo vaya dando fruto? Si lees el Evangelio, ¿en qué lugar ha caido? ¿Qué fruto ha dado? Hemos tenido la suerte de conocer los secretos del reino como dice Jesús, pero no sé si somos conscientes de ello tú y yo. Y si la cosa no ha ido muy bien, antes de irte de vacaciones plantéate qué deberías hacer para que a la vuelta del verano la planta de tu vida cristiana no se seque definitivamente, no podemos conformarnos con ir a misa. Quizá sería bueno que te fueses planteando para el curso que viene, el tema de la dirección espiritual, o el acompañamiento espiritual, como lo llaman otros. Se trata de ir comentando con el sacerdote los distintos aspectos de tu vida, con confianza, no es sólo una confesión, sino que va más allá. Él te puede ayudar a que el fruto de tu vida cristiana sea bueno, sobre todo cuando tendemos a despistarnos, o a que sea mejor cuando vemos que uno crece de verdad en cercanía a Dios y en santidad. Busca un sacerdote en el que confíes, que creas que te puede ayudar, que sepas que reza, que te caiga bien... y comienza a caminar con su ayuda. Puede ser tu párroco o cualquier otro cura, pero creo que la dirección espiritual debemos recuperarla para así, cuando nosotros demos fruto, que éste sea el mejor, para que la semilla que los frutos contienen, nosotros, podamos dar también a las demás personas con las que nos encontremos lo mejor que Dios nos ha dado a nosotros, la fe, el fruto de la vida eterna.

 
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