Con tantos fastos parroquiales que estamos viviendo estos días, ordenación, primera misa, preparativos, primeras comuniones... y todo lo que corresponde a una parroquia en el mes de mayo, casi no nos hemos dado cuenta de que la Pascua se acerca a su fin. Este Domingo celebraremos la solemnidad de la Ascensión del Señor. Han pasado cuarenta días desde la Resurrección del Señor. El cirio pascual ha menguado bastante como signo de la acción de la Iglesia en el mundo, que se quema, como nuestra vida, se desgasta, al servicio de Dios.
Que Jesús ascienda no significa que se desentienda de nosotros, al contrario, sigue muy cercano, aunque nos precede en el destino definitivo. Intercede por nosotros y nos asegura el envío del Espíritu Santo. Por ello la Ascensión significa también el comienzo de la misión de la Iglesia, representada en los Apóstoles y hoy en sus sucesores. Esta misión se fundamenta en el envío y mandato misionero de Jesús, en el Evangelio de este domingo, y en la advertencia de los ángeles a los discipulos que miraban al cielo viendo irse al Señor.
A lo largo de estos cuarenta días ¿hemos vivido como los apóstoles una relación más íntima e intensa con el Señor resucitado? Creo que en la parroquia hemos tenido oportunidades. ¿Se van disipando las dudas en torno a la Palabra del Señor? Jesús al ascender hace un encargo importantísimo: "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación". Por ello también nosotros somos enviados a crear una humanidad nueva. Y ¡vive Dios! que hoy es más necesario que nunca.
Es cierto que podemos ver una desproporción entre nuestras capacidades personales para esa tarea. Como estoy seguro que la vieron los discípulos en ellos mismos. Pero por eso Jesús nos promete estar con nosotros todos los días hasta el fin del mundo y nos da la ayuda del Espíritu. Esa ayuda y esa presencia se manifiesta en la Iglesia cuando predica, fiel a la Tradición apostólica, la Palabra, cuando celebra los sacramentos y sirve en la caridad. Por ello sabemos y vivimos que el Señor está presente y actúa con la Iglesica como lo hizo con los apóstoles. Él es nuestro aliento, fuerza y esperanza en medio de las dificultades del mundo y quien sostiene nuestro apostolado, nuestra misión, ya que está vivo y presente especialmente en la Eucaristía, por eso no se ha ido, aprovechemos que está a nuestro lado para estar con Él.
P. David Benítez Alonso, Pbro.
Cura Párroco